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De Cifras a Acciones

Leer las cifras sobre el número de ecuatorianos que cayeron en la pobreza a causa de la pandemia es impactante, pero a veces estas cifras se quedan solo como dígitos que después se borran de la cabeza. Lo difícil es salir a la calle y ponerle cara a ese dolor. Hoy, la mendicidad y la informalidad se perciben mucho más fuerte que antes.
Si hay una lección que nos ha dejado esta situación es el rol fundamental que tenemos los ciudadanos de vivir en sociedad y sobre todo el de la cooperación. Ya no podemos seguir creyendo que existe un ellos y un nosotros o que hay una pared que nos divide porque aprendimos que las acciones de los demás nos afectan por muy lejana que se sienta su presencia. Dependemos de absolutamente todos para combatir el mal que nos está atacando y que provoca mucho daño a nuestra sociedad.

Existe una razón por la cual hemos dejado de sentir esta responsabilidad social que tenemos como miembros de una sociedad. Hemos heredado esta mentalidad después de tantos años de discursos polarizadores que fracturaron nuestro sentido comunidad. Instaurar un gobierno con tintes de paternalismo desarticuló totalmente el trabajo especializado de las organizaciones sociales en cada campo de batalla. Se subordinó a la sociedad civil al control gubernamental, se le quitó la voz por medio del Decreto 16. Se llegó al punto de ridiculizar y subestimar la ayuda social, incluso las donaciones a Manabí fueron tildadas de limosnas por un ex-presidente. Por esta razón, nos hemos olvidado del poder que tenemos y el deber también de cambiar las cosas para bien.

La pandemia de cierta manera nos lo ha recordado. Tal cual como lo fue después del terremoto, hay una gran cantidad de personas que se han unido para crear iniciativas que ayudan a los más afectados. Son cada vez más quienes se organizan y están dispuestos a donar para llevar alimentos, educación y salud donde las instituciones estatales no responden; incluso cuando la crisis económica nos ha golpeado a todos. Nuestras instituciones públicas sumergidas en la corrupción se han probado incapaces de reducir la pobreza multidimensional en los ecuatorianos. Es momento de revivir el espíritu de acción de la sociedad, que los individuos crean con fuerza en el impacto y la responsabilidad que tienen de hacer su ciudad y su país un lugar mejor. El gobierno juega un rol fundamental en esto. Si es verdad que aquellos decretos que perseguían y limitaban el accionar de los grupos sociales fueron derogados, quedan vestigios en forma de largos y costosos procesos burocráticos. Esto no hace más que motivar un sentimiento de lejanía e impotencia. Ese es un ejemplo que podemos aprender de países con altos niveles de participación ciudadana. Desde una temprana edad, los individuos se asocian por las causas sociales y reciben apoyo y motivación por parte de los diferentes gobiernos municipales, provinciales y nacionales. La cooperación entre el gobierno y las ONGs es fundamental en estos momentos.

En resumen, es hora de que cada uno de los diferentes actores que constituimos Guayaquil, y sobre todo Ecuador, reconozcamos y aceptemos nuestro papel en la mejora de la vida común. No podemos esperar que dentro de la crisis política que vivimos se resuelvan estos problemas. Así mismo, no podemos pretender vivir en una ciudad sin inseguridad y sin pobreza si en ella misma existen niños sin estudiar, adolescentes violadas y familias que se van a dormir con el estómago vacío.

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