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Del Estado invisible hay un solo paso a la anarquía

Decía Theodore Roosevelt: “La primera tarea del arte de gobernar es destruir este gobierno invisible, contaminar esta alianza terrible entre negocios corruptos y los políticos corruptos”

Sería irreal afirmar que los periodos de inestabilidad política son ajenos a nuestra historia política. El Ecuador ha sido escenario de una serie de acontecimientos de inestabilidad a lo largo de su historia, de manera amplia, producto de un modelo de Estado obsoleto que desde sus inicios se constituyó sobre una base de instituciones frágiles en el intento de parecer una República y,  aún con el paso de los años, ese modelo se acentúa. 

En las escuelas de Derecho no enseñan desde el primer año que nuestra vida política la rige una de las Constituciones más garantistas del mundo, más en la práctica del ciudadano común lo que menos percibe es el cumplimiento de dichas garantías. Aquellas estructuras institucionales sobre las que se asienta nuestra Carta Magna no son garantía de seguridad ni eficacia en ningún ámbito. Se dice que los tres poderes del Estados (cinco en nuestro caso) se conciben de forma independiente, sin embargo, al final del día, todos adolecen de los mismos vicios estructurales que los subordina un mismo sistema obsoleto, mismo que justifica su existir bajo la etiqueta de un “Estado de Derecho”; pues esta narrativa se ha convertido en un mito más de la política moderna y nacional.

Ha quedado en evidencia que la Asamblea (con sus excepciones) lejos de ser un órgano representativo, se ha encuadrado dentro de un modelo de oligarquía de partidos propio del caudillismo criollo que caracteriza a nuestros pueblos; son los mismos que durante campaña aparentan estar comprometidos con las necesidades de su gente, pero una vez que ocupan un curul, demuestran que dicho compromiso es más bien con los intereses partidistas que los arrastraron a la política; que no basta con tener la Constitución más garantista del mundo ni un ordenamiento hiper-regulado, o pasar meses discutiendo la aprobación de un proyecto de ley emergente si no contamos con instituciones sólidas ni autoridades que lo vayan a ejecutar. 

El Ejecutivo, ha fracasado en su función principal, ejecutar, mientras el país pide a gritos acciones concretas y menos palabrería. Y por otro lado, nuestro poder judicial ha puesto en manifiesto que estamos a la sombra de una justicia invisible, pues lo único visible es una “justicia” paralela de la que todos tememos y que es incluso más fuerte que el propio Estado. Estos tres rasgos ponen en evidencia que aquel “Estado de Derecho” del que nos hablan, ha fallado desde sus tres grandes aristas, y con ello nos preguntamos, ¿Quién o qué realmente nos gobierna? 

El Estado presente existe mayormente cuando de obstruir la vida del ciudadano se trata, más el resto del tiempo ese abandono frecuente nos has convertido en una anarquía sin precedentes, que hoy con desesperación y aún con esperanza deseamos retornar a la paz y el orden que quizás algún momento de la historia existió. Solo esperamos que esta historia tome un rumbo donde la anarquía y la incertidumbre no sea más la opción. 

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