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¿Vamos a votar por el bueno o por el menos malo?

Enfrentamos un desafío fundamental y apremiante: ¿cómo podemos mejorar el bienestar de las personas y restaurar su confianza en sus líderes públicos? Esa es una pregunta difícil, pero que se debe responder. Aunque mucho de lo que está sucediendo hoy debería preocuparnos profundamente, soy optimista sobre la capacidad de las personas de buena voluntad para hacer un país mejor. 

Este artículo representa mi opinión como ciudadana y la forma en que percibo la situación, lo cual puede tener sentido para algunos y no para otros. Las propuestas de un presidente deberían basarse en un análisis exhaustivo y profundo del Principio de Realidad del país: la relación entre el estado inicial y el estado a alcanzar.

Repasemos la perspectiva del Pensamiento Sistémico: la actitud del ser humano, que se fundamenta en la visión del mundo real en términos de totalidades para su análisis, comprensión y accionar. Tenemos un gran historial de “conformarnos”, entonces cuando nos ponen un impuesto injustificado, nos rendimos y conformamos, si el presidente que elegimos no hace lo que prometió pues nos rendimos y conformamos. Y así es el eterno ciclo en espiral, nos conformamos, renegamos y en cuatro años volvemos al peligroso optimismo y salimos con alguna falsa esperanza del tipo “bueno, ahí vamos… hay que echarle ganas”.

¿Qué ganas? Solo debemos salir a la calle y observar cómo camina la gente para darse cuenta que no hay ganas de nada. Dice un viejo refrán que a la gente se la  identifica por la manera en la que caminan, y pues hay que analizar la forma en que la gente va por las calles, caminan con pereza, en zig-zag (a mi perspectiva eso sí que dice algo), se desplazan sin energía, arrastrando los pies, con mala postura, como desorientados… Al menos, esto es lo que veo yo, pero al mismo tiempo noto que este mismo comportamiento está presente en muchas otras situaciones.

Cuando se trata de decidir por quién votar, se repite este mismo patrón: 

  • Qué pereza leer las propuestas o cualquier cosa que los candidatos estén diciendo. Es más fácil elegir al que me cae mejor: y, por supuesto, los candidatos aprovechan esto para sus estrategias de comunicación.
  • Esta semana me cae bien X, aunque quizás termine votando por Y:  aquí es evidente que dependiendo de cómo se dé el día en las redes sociales y el chisme que haya surgido, entonces cambiamos de parecer y vamos en zig-zag.
  • Es que escuché que X hizo X-cosa, y pues eso está muy mal: Estamos todos desorientados con fragmentos de información manipulada, que probablemente viene de fuentes poco confiables. Lo que se afirma es que no tienen tiempo de estar investigando ni cerciorándose de todo eso, bueno, pues esperemos que si luego el país enfrenta mayores dificultades, finalmente encontremos el tiempo y la motivación para indagar cómo superar esta situación complicada, lo cual seguramente será más sencillo.

Es importante recordar que la selección de candidatos es un proceso de toma de decisiones en el que intervienen tanto aspectos racionales como emocionales. Sin embargo, en esta situación particular, debemos enfocarnos en lo que es más beneficioso para el país y, por consiguiente, para todos nosotros.  A lo que me refiero, es que para mí la elección de quién quisiera que sea mi presidente no se basa en que me caiga bien o mal alguien, debe tener un enfoque en función de quien demuestre tener mejores posibilidades de análisis de la situación, de saber de qué manera están sistematizados los retos que estamos enfrentando hoy en día, quien demuestre las mejores posibilidades de negociación en la toma de decisiones (internos y externos), quien describa con mayor claridad (al menos esbozos) de cómo va a darse continuidad a sus propuestas e iniciativas.

Martin Luther King, Jr., dijo una vez: «Al final, no recordaremos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos ”. Y John F. Kennedy dijo una vez («citando lentamente al estadista del siglo XVIII Edmund Burke»), «Lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos no hagan nada».

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